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Entre colchonetas, perros y gatos: los animales en mi vida y en mis clases

hace 3 horas
5 min de lectura

Desenrollas la colchoneta, te das la vuelta para buscar una manta y, cuando vuelves a mirar, tu perro o tu gato ya se ha instalado encima.


Si compartes tu casa con animales, quizá conoces bien esta escena. En mis clases online aparece con frecuencia: gatos que atraviesan la pantalla, perros que se tumban junto a sus humanos y compañeros de cuatro patas que ocupan justo el espacio hacia el que íbamos a movernos.


A veces toca cambiar de posición. Otras, esperar. Y otras, aceptar que hoy una parte de la colchoneta ya tiene dueño.


Estas escenas me hacen sonreír porque los animales forman parte de mi vida y también han estado presentes en muchos momentos de mi trayectoria profesional.


Feldenkrais entre gatos: las clases en La Gatoteca de Madrid


Hace años impartí clases de Feldenkrais en La Gatoteca de Madrid. Las fotografías de aquellos encuentros guardan momentos que todavía me gusta recordar.


Mientras las personas exploraban movimientos sobre las colchonetas, los gatos compartían el espacio a su manera. En una de las imágenes, un gato gris y blanco se ha acomodado sobre el abdomen de un participante tumbado boca arriba. En otra se ve al grupo siguiendo la clase, entre rascadores, colchonetas y gatos que iban eligiendo dónde estar.


La clase estaba dirigida a las personas y, al mismo tiempo, sucedía en un lugar habitado por gatos. Su presencia introducía algo espontáneo: podíamos preparar una propuesta de movimiento, pero no decidir dónde iba a sentarse el siguiente compañero.


En Las Rozas, algunas alumnas llegaban acompañadas


También tuvimos un grupo en una casa de Las Rozas donde las alumnas venían con sus perros. La anfitriona convivía, además, con dos gatas y un perro.


¡En todas las clases había más animales que personas!


Entre las colchonetas aparecían lugares para compartir, perros que se acomodaban junto a las participantes y pequeños cambios de planes. Una fotografía de aquellas clases muestra a dos perros tumbados muy cerca de sus humanas, ocupando una buena parte del espacio.


Son recuerdos de una forma cercana de compartir las clases, en un entorno donde los animales también tenían su sitio.


Los compañeros que aparecen en las clases online


Hoy sigo encontrándome con escenas parecidas a través de la pantalla.


Muchos alumnos comparten casa con perros o gatos. Algunos se acercan cuando comienza la clase, otros pasan un momento y se marchan, y otros permanecen cerca durante buena parte de la sesión.


Desde mi lado de la pantalla veo esas pequeñas historias: una cola que cruza la cámara, una nariz que se acerca a investigar o alguien que adapta un movimiento porque tiene un gato junto al brazo.


No todos los animales reaccionan igual. Pueden quedarse, alejarse o buscar otro lugar. Esa posibilidad de elegir también forma parte de compartir el espacio.


Amrita y esa presencia que cuesta explicar


Hay algo en la presencia de los animales que me cuesta poner en palabras. Puedo hablar de compañía, de cercanía, de su energía o de cómo cambia un encuentro cuando se acercan. Pero la descripción se queda corta.


Para mí, hay algo mágico en esos momentos.


Mi perra Amrita me ha acompañado en muchos ámbitos de mi vida y de mi trabajo. Venía conmigo al Instituto Feldenkrais cuando trabajaba como intérprete en las formaciones. Recuerdo su presencia como una aportación de calma y empatía en medio de tantas horas de aprendizaje y convivencia.


También ha compartido algunas sesiones con niños. Si oye llorar a uno, se acerca enseguida. Yo vivo ese gesto como una manera de ofrecer compañía y consuelo: estar cerca, hacerse presente.

No siempre hace falta que ocurra algo más. A veces lo especial está precisamente ahí, en compartir un momento que resulta difícil explicar después.


Conocerse, acercarse y ganar confianza


En algunas sesiones he observado cómo niños que inicialmente sentían miedo o inseguridad ante perros y gatos iban ganando confianza con mis animales.


A veces el primer paso era simplemente poder estar en la misma habitación. Después podía aparecer la curiosidad, una mirada, un acercamiento o el deseo de tocar. Cada pequeño encuentro tenía su propio ritmo.


No hace falta acariciar al animal ni acercarse más de lo que uno desea. También se puede observar desde lejos y decidir que, por hoy, es suficiente. Esa libertad importa tanto para el niño como para el animal.


Su presencia no forma parte de todas las sesiones. Cuando compartimos ese espacio, tengo en cuenta la comodidad del niño, de su familia y del propio animal.


Lo que nace en algunos de esos encuentros —la ternura, la confianza, la alegría de descubrirse— es parte de esa magia de la que hablo. No puedo programarla. Sí puedo cuidar las condiciones para que haya tiempo, respeto y espacio para encontrarse.


Compartir también nos invita a observar


Cada perro y cada gato tiene su manera de acercarse. No siempre sé qué les lleva a elegir un lugar o un momento, pero puedo observar lo que sucede: olfatean, se tumban, cambian de sitio o se van. Y nosotros respondemos.


A veces reducimos un movimiento para no invadir su espacio. Otras veces necesitamos recuperar el nuestro. Aprendemos a convivir con una presencia que tiene sus propias preferencias y que no sigue el plan de la clase.


En esos encuentros cotidianos hay oportunidades para observar, esperar y ajustar lo que hacemos. Son aspectos que también están muy presentes en mi manera de enseñar.


Mi trabajo con personas y animales


Mi amor por los animales también me ha llevado a formarme y a trabajar con ellos.


Cuando acompaño a una persona o a un animal, me interesa observar antes de intervenir: cómo se mueve, qué apoyos encuentra, cómo responde al contacto y cuándo necesita una pausa.


Cada uno requiere un acompañamiento diferente. En ambos casos, busco ofrecer propuestas que puedan recibirse con comodidad y dar tiempo para que aparezca una respuesta.


También he trabajado con y para caballos. Esos encuentros ocupan un lugar muy especial en mi vida y merecen una historia propia. Entre ellos está Farro, uno de mis grandes amores, con quien compartí una experiencia que contaré en otro artículo.


Las fotografías de estas clases cuentan una parte de mi camino. Hay aprendizaje, compañía, momentos divertidos y muchas colchonetas compartidas.


Si convives con un perro o un gato, quizá la próxima vez que prepares tu espacio para una clase te encuentres con la misma escena: tú has desenrollado la colchoneta y alguien ya está esperando encima.


¿Compartes tu colchoneta con alguien de cuatro patas?


Me encantará conocer vuestra historia.


Y si quieres saber más sobre mis clases de Feldenkrais o sobre mi trabajo con animales, puedes escribirme.


 
 
 

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